La Amistad y el Estado

Siempre los días de clase con el Profesor Alvira hacen que la cabeza «gire» más aprisa, y las ideas empiecen a juntarse. Me trae frecuentemente a la mente la frase que le aprendí Carlos Llano (aunque desconozco si es originalmente de su autoría) que «todo conocimiento es dialógico»: sólo quien habla con los demás -o consigo mismo- es capaz de aprender cosas nuevas.

Pues así estamos estos días aprendiendo de Rafael Alvira, y tratando de conectar ideas anteriores -ahora con más propiedad las llamo antiguas y no viejas- con las ideas nuevas.

He escogido algunas de las ideas de las clases que hemos tenido hoy mismo. 

¿Qué tienen en común la amistad y el Estado? A primera vista nada; después de las clases de hoy, bastante. Espero poder explicarme.

La amistad es algo interno; este gran bien de la amistad nos proporciona seguridad interior: una persona con amistad se encuentra serena y alegre, en paz y libertad, que a fin de cuentas es la felicidad.

Por su lado, el Estado es exterior y nos da seguridad (bueno, nos debería dar seguridad), pero exterior, y eso nos tendría que llevar a la paz y libertad para ser felices. 

De alguna manera la amistad y el estado nos proporcionan la felicidad, aunque en ámbitos distintos.

Aquí, la palabra Estado podría sustituirse por la palabra «empresa» y quedaría lo mismo, el análisis sería el mismo o muy parecido. Es claro que la amistad y la empresa buscan lo mismo -la felicidad- pero en ámbitos distintos.


Decía también el Prof. Alvira que cuando una sociedad (sociedad en general o una empresa) se constituye, podría constituirse por dos caminos: el primer camino es el basado en la amistad, que conlleva a evitar los controles; el segundo camino es basado en la desconfianza, con ideas pragmáticas e individualistas, por lo que los controles inmediatamente serían necesarios. Pienso en las empresas familiares, que sería un ejemplo del primer tipo de constitución. 

La sociedad es una medio esencial, y sólo puede existir sobre la confianza. Es lo que me pide mi ser para desarrollarse como el ser que somos: humanos. Incluso en las sociedades (empresas) que tienen controles, debe haber un mínimo de confianza, si no, no sería sostenible aquella sociedad.

 Hace poco platicaba con un buen amigo, y reflexionábamos precisamente sobre esto (sin tenerlo así de claramente estructurado), de cómo los controles pueden ser buenos. Sin embargo cuando los controles se introducen en un ambiente de confianza, aquello resulta de lo más postizo, inútil y envenenador de la confianza misma; a la larga quizá provocará una marcha atrás en los controles (lo que sería fabuloso, especialmente si son controles «importados» de otra sociedad, sin ni siquiera «tropicalizarlos); o bien, provocará una disminución de la confianza a niveles de mover a los controlados a «engañar» a los mismos controles o a los controladores.