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¿Esto es lo mejor que puedes hacer?

Estoy leyendo un libro que considero bastante maquiavélico.

El maquivelismo se podría definir como un modo de proceder con astucia, doblez y perfidia.

Así que espero no aprender mucho de allí, o por lo menos, que no se me peguen mucho las ideas maquiavélicas.

El libro va describiendo algunas “Leyes del poder”.

Estas leyes son las que podría decir que tienen una estructuración maquiavélica.

El libro es muy al estilo estadounidense: da una ley, la explica un poco y luego te pone algunos ejemplos al respecto y de alguna manera universaliza esa conducta para confirmar su ley.

Las leyes no han sido de mi agrado, porque en general, tienden a ser del tipo: “no confíes en tus amigos”; “revuelva las aguas para asegurarse una buena pesca”; “descubra el talón de Aquiles de los demás”… etc.

Como dije, estoy en el proceso de leer el libro.

(Hago un paréntesis, para variar.  Nunca he entendido por qué, pero a los expertos en gramática, literatura, correctores de estilo, etc., no les gustan los gerundios. Digo que nunca he entendido por qué no les gustan si están perfectamente autorizados y son útiles para describir alguna acción. La primera frase de este post incluye un gerundio, “leyendo”… así que cuando volví a hacer referencia a lo mismo, procuré sustituir el gerundio “leyendo” por “estoy proceso de leer el libro, que no contiene un gerundio).

Estar en proceso de leer el libro implica que no tengo un juicio total del mismo.

Lo que sí es que algunas de las anécdotas que he leído me han gustado.

De hecho, el autor va poniendo (otro gerundio) algunas anécdotas en el texto central del libro y coloca otras en los márgenes, con color rojo, que se leen en paralelo al texto central.

Apenas llevo leídas 90 páginas de las 600 que tiene el libro. En estas primeras 90 páginas me he encontrado con anécdotas muy simpáticas, que aquí gloso.

Hacerlo bien

La anécdota que sigue es la que me movió a poner este texto aquí, pues me pareció muy simpática.

Es sobre el recién fallecido Henry Kissinger. Le habían preparado un informe. El autor del mismo –Winston Lord – había dedicado muchos días a realizarlo.

Al poco tiempo de habérselo entregado, recibió de vuelta el informe con una notita de Kissinger que le decía: “¿Esto es lo mejor que puedes hacer?

Lord, mejoró y pulió el informe. Segunda entrega, misma respuesta: “¿Esto es lo mejor que puedes hacer?”

A la tercera entrega, quizá ahora a mano, Kissinger volvió a preguntar lo mismo… Y Lord explotó, soltando uno que otro improperio y diciendo que era lo mejor que él podía hacer.

Baste recordar que no había computadoras en esa época -años 70’s del siglo pasado- con lo que hacer un informe era mucho más engorroso de lo que en estos años podríamos hacerlo.

Kissinger, con su hierático rostro, contestó: “perfecto. Ahora sí lo leeré”.

Cuando terminé de leer la anécdota solté la carcajada por la “broma-enseñanza” de Kissinger a este político 15 años más joven que él.

¿Mejor enemigo de lo bueno?

Al mismo tiempo me acordé de un suceso de hace unos 40 años, que me tocó vivir, o mejor dicho, sufrir.

Quizá -quien me hizo sufrir- fue del mismo tipo de enseñanza que Kissinger quería darle a Lord.

Necesitaba escribir una carta para solicitar algo a una institución.  No recuerdo exactamente qué era, pero era algo que requería una carta formal.

Yo estaba en tercer año de universidad, así que con mis 19 años me encontré frente a la máquina de escribir eléctrica haciendo la carta despacito para evitar errores de mecanografía.

Realmente debería haber escrito, “transcribiendo” la carta, porque ya la tenía realizada a mano.

En esa época, las máquinas de escribir eléctricas ya tenían corrector; aun así, era difícil escribir una carta sin equivocarte.

Por supuesto que nunca intenté escribir una carta justificada a la derecha. Sobrepasaba mis capacidades y paciencia. (Según parece había que contar las letras de lo que se escribiría en el renglón, y cosas de ese estilo).

La cuestión es que escribí la carta -una hora había transcurrido frente a la máquina- y se la presenté a Alex, quien me debía autorizar aquella misiva.

Alex, con sus 22 años -me parecía un viejo- leyó la carta y vio un error que a él le pareció digno de hacer lo que hizo.

Tomó la carta por la parte superior con sus dos índices y dos pulgares y la rasgó de arriba abajo.

No sé qué fue más fuerte si el dolor por haber perdido una hora durante la escritura de la carta, o el enojo por habérmela rasgado después de dedicar una hora a la misma.

Vuelta a empezar…

La segunda vez encontró otro error.

Ese nuevo error era pasable -según los criterios de Alex- así que me la autorizó.

Al mismo tiempo me dijo una frase que no se me ha olvidado: “lo mejor es enemigo de lo bueno”.

En aquella ocasión aprendí que todo -o casi todo- puede ser mejorado o mejorable.

Pero que no necesariamente debemos ser tiquismiquis en la realización de las cosas, llegando a perder excesivamente el tiempo para alcanzar una “perfección” que no compensaría esa misma dedicación.

A veces a esto le llaman perfeccionismo.

El engaño

Me he topado también -en el libro mencionado arriba- con dos frases que me han “gustado”

Son frases para usarlas aquí. No necesariamente comparto lo que las frases dicen, pero considero que sí podemos aprender de ellas. Por de pronto, comentaré sólo una de las frases.

Una de las frases es una cita de Soren Kierkegaard que dice: el mundo quiere que lo engañen.

El autor no menciona el contexto en el que Kierkegaard dice esta frase.

Dicho autor cita la frase para apoyar algunas de sus ideas. Por mi parte, no la comparto lo que la frase sostiene.

Quizá puede ser porque la verdad -especialmente si es la Verdad– puede ser difícil de digerir, de aceptar o de trabajar con ella.

Muchas veces la verdad implicará -exigirá- cambiar de vida.

En ese caso, tendría sentido que una persona puede llegar a “desear” ser engañada.

De no querer conocer la verdad a estar deseando ser engañado hay todo un mundo de diferencia también.

En fin… quizá sea un tema para reflexionar más despacio.

Anécdota de Luis XIV

Una de las primeras anécdotas que cuenta el libro es sobre Luis XIV, el famoso Rey Sol.

Para no hacer larga la historia, recién fallecido el primer ministro de Luis XIV, su ministro de Finanzas invitó al Rey a la inauguración de su palacio personal; tenía la idea de congratularse con el Rey para que le nombrara primer ministro.

Se cuenta que todo fue fastuoso: la comida, bebida, fuegos artificiales, la belleza de los jardines y del gran palacio.

Todo, además, centrado en el Rey como protagonista (había puesto “protagonista principal” pero me corrigió el Word, pues es pleonasmo) y a quien se debía el homenaje.

Al día siguiente, Luis XIV mandó a encarcelar al ministro de finanzas acusado de malversación de fondos… unos 10 años a la cárcel.

Y el Rey dicen que dijo la frase: L’Etat c’est moi, el Estado soy yo… y no nombró nunca primer ministro a nadie.

Como colofón decía que el siguiente ministro de finanzas siempre tuvo la cabeza baja y cualquier dinero que quedaba se lo ofrecía al Luis XIV para construir su “pequeño” sueño: Versalles.

Esta anécdota -el autor- la ponía como ejemplo de una regla que más o menos enuncia así: “nunca hagas sombra a tu jefe”.

Clásica universalización… como sucede unas cuantas veces, entonces, siempre sucede. Cosa que no es así.

Espero seguir compartiendo algunas anécdotas simpáticas o haciendo algunas reflexiones sobre este libro.

PS 1.

Cuando terminé este post me pregunté: “¿Es lo mejor que podrías haber escrito?”… Y lo revisé varias veces. La ventaja es que no tenía a Kissinger para que me volviera a pedir que lo escribiera.

PS 2.

Le dije a ChatGPT la frase que me dijo Alex, y me contestó lo siguiente:

«Lo mejor es enemigo de lo bueno» es un proverbio que advierte sobre los peligros de perseguir la perfección a costa de perder la oportunidad de alcanzar buenos resultados que son más que suficientes.

Esta frase sugiere que, en la búsqueda de la perfección absoluta, uno puede terminar no logrando nada en absoluto, ya que el ideal de «lo mejor» puede ser inalcanzable o requerir un esfuerzo y recursos desproporcionados, lo que lleva a la parálisis por análisis o a la insatisfacción constante con resultados que son en realidad bastante buenos.

La idea detrás de este dicho es fomentar la aceptación de soluciones prácticas y eficaces en lugar de perseguir incansablemente el ideal perfecto, que puede ser inútil o contraproducente.

Se aplica en muchos ámbitos de la vida, incluyendo la toma de decisiones personales, la gestión de proyectos, el desarrollo de productos y la creatividad.

Reconocer el valor de lo que ya se ha logrado, en lugar de centrarse únicamente en lo que podría ser mejorado, puede llevar a un mayor sentido de realización y evitar el estancamiento.

PS3

Como en algún lugar hablaba de que la frase de “El Estado soy yo” es una frase apócrifa de Luis XIV, quise conocer la “opinión” de ChatGPT. Aquí la dejo.

«El estado soy yo» es una frase que se atribuye a Luis XIV de Francia, conocido como el Rey Sol, quien gobernó Francia desde 1643 hasta su muerte en 1715. La frase en francés es «L’État, c’est moi», y se ha utilizado para ejemplificar la forma de gobierno absolutista, donde el rey o gobernante tiene poder total, sin restricciones por parte de leyes o parlamentos.

Luis XIV es uno de los ejemplos más emblemáticos del absolutismo monárquico en Europa. Durante su reinado, centralizó el poder estatal y fortaleció la figura del monarca como la autoridad suprema del Estado. Su gobierno se caracterizó por la creencia en el derecho divino de los reyes, según el cual su poder era otorgado por Dios y, por lo tanto, no podía ser cuestionado.

La frase «el estado soy yo» refleja esta concepción del poder, indicando que el Estado no era una entidad separada del monarca, sino una extensión de su voluntad y autoridad. Aunque no hay registros históricos claros de que Luis XIV haya pronunciado exactamente estas palabras, la frase se ha mantenido a lo largo de los siglos como una representación de su política y su era.

Este tipo de gobierno contrasta con las formas democráticas y constitucionales de gobierno, donde el poder del Estado está dividido y sujeto a un sistema de leyes y controles para evitar el abuso de poder. La frase «el estado soy yo» a menudo se utiliza en discusiones sobre política y teoría del Estado para debatir los límites del poder y la importancia de los sistemas de gobierno que protegen los derechos y libertades de los ciudadanos.