Discurso Final de la Maestría


Hoy, 20-XI-14 hemos terminado el último curso de la Maestría en Gobierno y Cultura de las Organizaciones. Preparé unas palabras para despedirnos de mis compañeros. Algunas cosas no se entenderán fácilmente, porque son referencias a situaciones pasadas durante la maestría. Espero más adelante hacer anotaciones al pie para explicar.

¡Patzún de mis amores!

¡Cómo nos reímos hace algunos meses cuando aprendimos a perorar!. Quise hacer referencia a la frase más espectacular de esos días para empezar estas breves palabras.

Un crítico de Sir Winston Spencer Churchill, -quien es uno de los 346 personajes citados en este breve curso que hoy terminamos-, decía de él: “el problema de Winston es que se ha pasado toda la vida preparando discursos improvisados”.

Habría querido improvisar este discurso usando la técnica de Churchill, pero no he logrado memorizarlo, así que por eso lo estoy leyendo. Perdón por usar un gerundio, me corrijo… he decidido leerlo frente a ustedes.

Ahora ha llegado el momento de decir adiós, de terminar, de cerrar las puertas a una etapa en la vida. Una etapa, breve, intensa y alegre. Una etapa que cierra una puerta. Pero al mismo tiempo, abre otra puerta. “Donde una puerta se cierra, otra se abre” dice el dicho popular.

No sé si les ha pasado, pero cuando uno tiene una idea o un problema en la cabeza, todo lo que lee, oye o ve, le encuentra utilidad para mejorar esa idea o para resolver ese problema.

Así me pasó con el dios Jano -un dios romano, de los pocos que no tiene correspondencia con un dios griego- sobre quien recientemente leí algo. Es el dios  de las puertas, el dios del pasado y del futuro: en su iconografía se nos presenta con una llave en la mano y con dos caras, una viendo hacia atrás y la otra hacia adelante. Aclaro que el dios Jano no existe. Y si me permiten, citaré, por primera vez a Karl Marx, parafraseándolo: “odio a todos los dioses griegos y romanos”.

También con su licencia, les hablaré de una metáfora que se me ha ocurrido: ese dios Jano nos cierra la puerta de los estudios de esta maestría, y nos despide de ella. Pero nos abre otra puerta. Una nueva puerta hacia el futuro. Una nueva puerta que requerirá de nosotros valentía, constancia y fortaleza. (No podía faltar en un discurso una construcción trimembre; por cierto, use una arriba y tengo otras más adelante).

¿Por qué valentía? Porque quien quiere crecer, necesita arriesgar, y para arriesgar se requiere ser valiente. Porque se nos presentarán nuevos retos que exigirán de nosotros valentía. Porque requeriremos valentía para concluir lo que quizá nos falte de esta maestría. Y porque requeriremos valentía para realizar nuestra tesis doctoral.

¿Por qué constancia? Sin constancia no lograremos culminar lo que nos falta. Día a día, semana a semana, mes a mes, sin descansar hasta poner la última piedra.

¿Por qué fortaleza? Porque la necesitaremos para no arredrarnos ante los obstáculos; para seguir adelante a pesar de los esfuerzos y sudores que conllevará ese panorama inmenso que se nos presenta: “sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor” dijo el gran Winston. Para seguir sin descansar educando a guatemaltecos, jóvenes y menos jóvenes.

En la edad media, por una de aquellas casualidades de la vida, que mejor deberíamos llamar providencias de la vida, un famoso escritor salvó del inmisericorde fuego, uno de los discursos más apasionantes de nuestro conocido y buen amigo Cícero. El discurso –que si alguien lo desea, se lo puedo proporcionar-  empieza así: “Si quid est me ingeni, iudices,…” del que hago una traducción libre y adaptada: “Si algo bueno tengo, se lo debo a mis profesores”… y no sólo me refiero a los profesores que nos han acompañado en estos 12 cursos, sino también los incluyo a ustedes queridos compañeros. Les agradezco mucho por esto: a Caperucita; a la Cenicienta; a la Penta (ahora Hexa) Master; a la defensora de los murciélagos; a la neoliberal; a la condesa de Barcelona; al único burgués; al constructor de aparatos sociológicos inentendibles; al encargado de audio y video; y en general, a todos. Aunque suene rarísimo, pero creo que tengo que agradecerme a mí mismo y recibir su agradecimiento, por casi no haber pasado calor durante las clases, habiendo controlado perfectamente el aire acondicionado.

No quiero dejar de mencionar la alegría que a todos nos embarga por los dos bebés que vienen en camino entre nuestras compañeras.

Se me olvidaba mencionar a nuestro amigo Voldemor Max Weber.

Esta aventura que se remonta a la pascua de 2013, me parece que es inédita en nuestro país. Quisimos apostarle, invirtiendo tiempo, dinero y esfuerzo. Y hemos llegado al final. Se ha visto ya el final del túnel, que nos introducirá en otro túnel más largo, más lúgubre y más arduo; pero al mismo tiempo  será algo que dejará un gran poso en nuestras vidas, en la Universidad y en nuestro país.

Hace año y medio, la vicerrectora inauguraba esta maestría con una referencia prolija a la historia de los 40 mártires de Sebaste. En esa ocasión nos decía que le gustaría que termináramos todos los que iniciábamos. Y nos sucedió algo parecido a esos mártires, con una excepción. No se nos fue nadie, y sí recibimos a otro. Así que estamos terminando todos más uno de los que empezamos.

Mi experiencia personal, y creo que a ustedes también les ha pasado lo mismo, es que luego de cada uno de los cursos he llegado a una conclusión: soy un ignorante. Como me decía una vez un amigo: “con lo que vos y yo no sabemos, se pueden llenar muchas bibliotecas”. Y creo que esto nos puede servir para añadir unos cuantos granitos y gramitos de humildad a nuestra vida profesional y también a reconocer que nunca debemos dejar de estudiar, de asimilar las cosas  y de tratar de transmitirlas. No caer en el engaño del ignorante que ignora. Bruner decía una frase que la tengo apuntada para leerla con frecuencia: “Si no hay constatación de la ignorancia, no habrá tampoco esfuerzo por aprender ni por enseñar”. Y el poeta de Castilla, maestro de la brevedad, el gran Antonio Machado tiene una frase que tengo pegada en la pared de las oficinas que uso: “Sólo el necio veo ser, en quien remedio no cabe, porque pensando que sabe, no cuida de más saber”.

¡Ah lo que nos espera! Así mencionaba en una ocasión delante de ustedes, ante los retos que esta maestría nos ha ido presentando. No retos de estos estudios en sí, sino de las perspectivas que nos abren, que se convierten en retos apasionados.

Perdón por haber tomado por los cerros de Úbeda.

¡Patzún de mis amores!

¡Guatemala de mis amores!

Hacia allá vamos, a mejorarnos, a mejorarte, educando personas.

Felicidades por este esfuerzo. A aprovechar este tesoro que ahora tenemos. Vamos a luchar por conseguir  la educación con humildad; vamos a esforzarnos por educar con humanidad. Gracias.