Veo a Enrique con mucha frecuencia.
Casi siempre, cuando me atiende —con una sonrisa constante y una amabilidad que no se improvisa—, intercambiamos unas cuantas palabras. Nada extraordinario. O eso parecía.
Hace algún tiempo, en medio de esa conversación sencilla, me lanzó una pregunta que no era sencilla en absoluto:
—¿Usted cree que algún día seré exitoso?
Me tomó por sorpresa.
Respondí rápido, casi por reflejo:
—Ya eres exitoso.
Sonrió, pero no quedó satisfecho. Afinó entonces su inquietud, como quien sabe lo que quiere decir, pero aún no encuentra las palabras exactas:
—No… pero yo lo que quiero es tener millones para ayudar a la gente.
Ahí sí, me sacudió.
Le dije algo —seguro bien intencionado, probablemente poco memorable—, porque no logro recordar mis palabras. Lo que sí quedó grabado fue la fuerza de su deseo: ayudar… pero desde el supuesto de que primero hay que “llegar” a algo.
Éxito
Todos hemos visto letreros que indican “Salida”. En inglés: Exit.
No es casualidad. La palabra “éxito” viene del latín exitus, que significa justamente eso: salida.
La Real Academia Española propone tres definiciones:
- Resultado feliz de un negocio, actuación, etc.
- Buena aceptación que tiene alguien o algo.
- Fin o terminación de un asunto.
Es interesante: ninguna de las definiciones de éxito habla de la obtención de dinero.
En la práctica, tendemos a reducir el éxito a una sola dimensión: resultados económicos visibles.
Enrique no hizo más que verbalizar lo que muchos pensamos: exitoso es el que “llega”, el que acumula, el que tiene.
Pero si el éxito es una “salida”, la pregunta clave no es cuánto tengo… sino hacia dónde voy saliendo.
Una idea estrecha… o una vida grande
Se estima que hay alrededor de 60 millones de millonarios en el mundo (en dólares). Aun así, siguen siendo una minoría muy pequeña: aproximadamente el 1.5% de la población mundial.
Si el éxito dependiera de eso, entonces la inmensa mayoría de la humanidad estaría condenada al fracaso.
Tendríamos entonces que ir bajando el “listón” del éxito: medio millón, cien mil… quién sabe dónde poner la cifra.
Resulta difícil —por no decir imposible— fijar en dinero el valor de una vida lograda.
Hacer depender de un monto económico el éxito no puede ser verdad.
Pequeña idea
Aquí aparece un punto delicado: cuando reducimos el éxito a una “pequeña idea” —dinero, reconocimiento, posición… terminamos esclavizando algo mucho más grande: nuestro propio corazón.
No es casualidad. En una de sus intervenciones, el Papa León XIV habla de los ídolos como “pequeñas ideas”: visiones reducidas de la realidad que terminan por encerrar la vida en algo demasiado estrecho.
Y eso hacen los ídolos: prometen mucho… pero achican el alma.
Porque entonces todo se vuelve medio para un fin… y ese fin nunca termina de llegar.
¿Es para mí el éxito un fin?
¿Dónde pongo la meta para decir que he tenido éxito?
Ayuda… o apalancamiento
Enrique decía que quería tener millones “para ayudar”.
La intención es noble. Pero encierra un supuesto peligroso: que para ayudar hay que esperar.
Esperar a tener.
Esperar a llegar.
Esperar a ser “exitoso”.
Y mientras tanto, la vida pasa… y las oportunidades de ayudar también.
Quizá la verdadera pregunta no es cuánto puedes ayudar cuando tengas millones, sino: ¿a quién estás ayudando hoy, con lo que ya eres y ya tienes?
Porque hay personas que, sin tener mucho, sostienen el mundo de otros.
Y hay otras que, teniendo mucho, apenas logran sostenerse a sí mismas.
Codicia
Tener dinero no implica, necesariamente, ser generoso. Existe la codicia: el deseo desordenado de obtener bienes. Y la avaricia: el deseo desordenado de retenerlos.
Tener mucho dinero —mucho “éxito”— no garantiza el deseo de ayudar.
Como sucede en la vida, hay todo tipo de personas. Aquellos que tienen poco y ayudan mucho; otros que tienen mucho y ayudan muchísimo (monetariamente).
Y al revés, personas con pocos medios que no ayudan nada y otros con una buena cantidad de bienes que solo lo atesoran para ellos mismos: me viene a la memoria el Tío Rico MacPato, nadando feliz entre sus monedas.

El éxito que no se acaba
En una de sus reflexiones, el Papa León XIV dice algo profundamente liberador: el éxito nunca es definitivo y la caída nunca tiene la última palabra.
Esto cambia completamente el juego.
Si el éxito no es definitivo, entonces no es algo que se “posee”.
Así ocurre también en la vida, lo que hoy consideramos como éxito, mañana deja de serlo; y lo mismo con las caídas.
Y si la caída no tiene la última palabra, entonces el fracaso tampoco es el final.
Ambos —éxito y fracaso— dejan de ser estados absolutos y se convierten en momentos de un camino.
Así, nuestra vida está llena de éxitos y fracasos que mañana dejan de serlo.
El verdadero giro
Quizá aquel día no le respondí bien a Enrique.
O quizá sí, pero no supe explicarlo.
Porque hay una forma de éxito que no depende de millones, ni de estadísticas, ni de comparaciones.
Una forma de éxito que tiene más que ver con salir de uno mismo que con llegar a algún lugar.
Colofón
Si uno mira la historia con ojos humanos, la Cruz de Cristo es el mayor de los fracasos.
Abandono, dolor, incomprensión… y muerte.
Un exitus.
Una salida.
Pero precisamente ahí —en esa aparente derrota— se abre la puerta a la Resurrección.
El fracaso que parecía definitivo… no lo era.
Y el verdadero éxito… no era el que el mundo esperaba.
Felices Pascuas de Resurrección
PS1
Añado un texto que escribí y difundí en redes (firmándolo anónimamente) para el sábado santo.
En el sábado santo
Te contemplé, María, en la lozanía de tu juventud, desbordante de alegría, visitando a tu prima Isabel.
Y también —en el silencio de lo escondido— te había visto antes, cuando el Ángel del Señor te confió su embajada.
¡Qué plenitud irradiabas!
¡Qué alegría sigues derramando sobre nosotros!
No en vano la Iglesia te invoca como causa de nuestra alegría.
Hoy, sin embargo, mi alma se reconoce triste: he abandonado a tu Hijo.
El temor a la Cruz me ha hecho retroceder.
Pero en medio de mi fragilidad, acudo a ti, Madre mía.
Vengo a buscar tu amparo, a dejarme recoger por tu ternura,
a aprender de ti esa espera confiada que no desespera.
Porque de ti brota una esperanza serena, firme, invencible,
que inclina el corazón a creer de nuevo.
Sé —lo sé con certeza interior— que Él resucitará.
Y mientras llega esa hora, quiero permanecer a tu lado,
dejándome consolar por tu presencia fiel.
Concédeme, Madre, permanecer contigo
y acompañarte en ese instante inefable
en que tu divino Hijo vendrá a tu encuentro.
Autor Anónimo
PS2
Lo mismo para este escrito para el Domingo de Resurrección
La victoria definitiva
Jesús padeció y murió…
y luego resucitó.
¿Hay alegría más grande que esta?
La esperanza de ayer se vuelve certeza, y el corazón ya no duda: cree, confía, se levanta.
La dicha de imaginar a Jesús llegando donde su Madre
—ese encuentro lleno de luz—
es algo que el alma apenas alcanza a intuir.
¡Jesús ha resucitado!
¡La Vida ha vencido a la muerte!
Y entonces todo adquiere sentido.
Porque con la Resurrección, todo encaja… y sin ella, nada lo tendría.
Dolor, sufrimiento, pérdida, enfermedad, muerte,
injusticia, olvido, soledad, calumnia, difamación, cárcel…
todo eso, a la luz de tu Resurrección, se vuelve más llevadero, más comprensible, más redimido.
Alegría, felicidad, gozo, contento, júbilo, regocijo, alborozo…
palabras que intentan decirlo todo y que, sin embargo, se quedan cortas.
Porque lo que el alma experimenta al verte vencer la muerte no cabe en ningún lenguaje humano.
Has dado sentido a nuestra fe
y horizonte a nuestra vida.
¡Aleluya, aleluya, aleluya!
Y contemplar a tu Madre, colmada de alegría,
me enseña a adorarte como ella:
con todo el corazón, con toda la vida.
Autor anónimo


