No vemos la realidad… vemos lo que nuestra mente “quiere” ver

A la niña Margoth —mi querida y bella mamá— le encantaba dedicar tiempo a varias cosas. Una de ellas era leer. Y entre sus lecturas favoritas estaban los escritos de Agatha Christie, una autora prolífica: publicó 67 novelas y más de 150 cuentos.

De pequeño, a mí también me encantaba leer, sobre todo a Julio Verne y sus aventuras fantásticas.

Un día intenté leer un libro de Hércules Poirot… y no aguanté ni tres páginas. Me asustó la lista de personajes y la forma en que iban apareciendo uno a uno.

Descubrir a Christie

Pasaron unos veinte años. Retomé una novela —si mal no recuerdo, Ocho casos de Poirot— y ahí descubrí a la señora Christie y, en especial, a su famoso detective belga.

A partir de entonces leí prácticamente todo lo que encontré de ella: Poirot, Miss Marple e incluso alguna historia más exótica ambientada en el antiguo Egipto.

Confieso que “desaparecí” muchos de esos libros de la biblioteca de mi mamá —con su permiso, eso sí—.

Regreso

Hace poco he regresado a Christie, esta vez en orden cronológico. Y volví a encontrarme con Poirot: meticuloso, obsesivo del orden, amante del método. Orden y método era casi un lema en él.

Pero, sobre todo, un personaje que insistía en pensar. En ocasiones decía: “tengo que reflexionar. Tengo la mente desordenada. He de concentrarme.”

Poirot confiaba en “la materia gris”: esas pequeñas células del cerebro que usamos para pensar.

Decisiones

Eso me llevó a conectar con un tema en el que he trabajado durante años: la toma de decisiones.

No me quiero detener en todo el proceso, sino en su primer paso: el diagnóstico. Es decir, cómo entendemos la realidad antes de decidir.

Ese diagnóstico debería ser racional. Debería ser usando la “materia gris”. Pero aquí empieza el problema.

Tengo un amigo que consume muchas noticias en redes. A veces me comparte alguna con total seguridad… y resulta ser completamente falsa.

Creo que a todos nos ha pasado: estar completamente seguros de algo… y luego descubrir que estábamos equivocados.

No un poco. Totalmente equivocados.

Y quizá lo más interesante no es el error, sino la seguridad con la que lo sosteníamos. Ahí empieza todo.

¿Pensamos bien?

Vivimos con la sensación de que pensamos bien. De que analizamos la realidad con objetividad. De que nuestras decisiones son razonables. Pero hay un pequeño problema: nuestra inteligencia está diseñada para buscar la verdad… pero muchas veces utiliza atajos para sobrevivir.

A esos atajos se les llama sesgos cognitivos.

Sesgos cognitivos

Los sesgos cognitivos son formas sistemáticas en las que nuestra mente se equivoca. No son fallas ocasionales. Son errores predecibles.

No es que a veces pensemos mal. Es que muchas veces pensamos mal… sin darnos cuenta.

Son patrones de pensamiento que aplicamos automáticamente, sobre todo cuando decidimos rápido, estamos bajo presión o cuando dejamos que nuestras creencias guíen el juicio.


Kahneman

El psicólogo Daniel Kahneman —fallecido en 2024— lo explica con una distinción muy clara: tenemos un sistema de pensamiento rápido, automático e intuitivo y otro más lento, analítico y exigente; podríamos decir que es racional.

El primero es el que usamos la mayor parte del tiempo. El segundo… solo cuando hacemos un esfuerzo consciente. El problema es que el primero es muy eficiente… pero también más propenso a equivocarse.

Esto no es teoría. Afecta cosas muy concretas: las decisiones que tomamos en el trabajo, las opiniones que formamos sobre otras personas, las discusiones en las que nos metemos, las certezas que defendemos.

E incluso algo más profundo: la imagen que tenemos de nosotros mismos

Patrones

Piensa en esto: buscamos información que confirme lo que ya creemos; nos dejamos influir por el primer número que escuchamos; sobreestimamos lo que sabemos; damos más peso a lo reciente o llamativo

No son casos aislados. Son patrones.

Lo incómodo

Y aquí está la parte incómoda: el problema no es que pensemos mal… es que creemos que pensamos bien.

Ese exceso de confianza es lo que hace que los sesgos sean tan peligrosos. Porque si supiéramos que estamos equivocados, nos corregiríamos. Pero como creemos que tenemos razón… insistimos.


Consecuencias y una buena noticia

Esto tiene consecuencias. No solo nos equivocamos. Nos equivocamos de forma consistente. Y eso afecta nuestras decisiones, nuestras relaciones… y, en el fondo, nuestra vida.

Pero hay una buena noticia.

El simple hecho de saber que estos sesgos existen… ya es un primer paso para defendernos de ellos. No elimina el problema. Pero introduce algo clave: una duda sana.

En los próximos posts iremos desarmando algunos de estos sesgos.

Porque entender cómo nos engañamos es, en el fondo, una forma de acercarnos un poco más a la verdad.

Buscar la verdad como Poirot, utilizando la materia gris, con orden y método, reflexionando.

Y quizá también lleguemos a ser un poco más libres.