Nos equivocamos con una seguridad impresionante.
Siempre se habla de la famosa frase del gran Sócrates: “solo sé que no sé nada”. Recuerdo la primera vez que la escuché en una de las clases de filosofía que nos daba Joaquín Flores en mi colegio, el Liceo Salvadoreño, allá en el año 1980.
Como siempre he sido cuantitativo, nunca le había puesto atención a las grandes ideas que mueven el mundo, y mucho menos, había descubierto que la filosofía era importante y podía ser bonita.
Creo que ese primer y único año de filosofía en mi bachillerato (preparatoria) no dejó la huella que luego, en estudios privados, logré entender algo de la filosofía.
De cualquier manera, escuchar que un hombre probo e íntegro, además, que era maestro de muchos pensadores y que usaba el sistema de enseñanza llamado método socrático o mayéutica, del que, pasados los años, trataría de emular en el aula…
Pero me compliqué con esta entrada. Recomienzo.
Una persona tan conocedora y de tan buen pensamiento, llegó a la conclusión de que no sabía nada. Por supuesto que sabía, pero sabía mucho menos de lo que ignoraba.
Hace pocos posts puse una anécdota de aquella frase de Ignacio: “con lo que tú y yo no sabemos, se pueden llenar muchas bibliotecas”.
Creo que es la misma frase, trasladada a la actualidad.
He tenido experiencia personal, he constatado que, al suponer que sé algo a profundidad… y que cuando lo empiezas a estudiar, te das cuenta de que no sabías casi nada.
Porque no solo importa lo que pensamos, sino que también importa qué tan seguros estamos de lo que pensamos.
Nos sucede algo curioso: no solo nos equivocamos, sino que nos equivocamos con una seguridad impresionante.
Pensamos que sabemos algo, que estamos correctos en algo, y esa seguridad es tan grande que sentimos que tenemos “certeza” sobre algo… y defendemos a capa y espada esa idea, para luego descubrir que estábamos totalmente equivocados.
No un poco equivocados, sino “mucho muy” equivocados. O totalmente equivocados.
Todos habremos caído en esta situación. Y quizá habremos llegado a estar dispuestos a rectificar. Porque lo interesante no es el error, la ignorancia que tenemos, sino lo empecinados que nos volvemos para defender unas ideas.
En los posts anteriores hemos visto cómo filtramos la realidad para verla según nuestro gusto (sesgo de confirmación) y cómo la forma en que nos presentan la información influye en nuestras decisiones (anclaje y enmarcamiento).
Ahora nos encontramos quizá con un terreno más delicado.
Es acerca de nuestra propia percepción sobre lo que sabemos y controlamos.
Sesgo del Exceso de confianza
De alguna manera lo que venía escribiendo arriba tiene que ver con este sesgo, el exceso de confianza.
Nuestros amigos, los hermanos Heath ponen este sesgo como el cuarto de los villanos en la toma de decisiones.
Podríamos decir que este sesgo es que creemos saber más de lo que realmente sabemos.
Por supuesto que sabemos cosas; y muchas de las cosas las sabemos bien.
El problema es cuando sobreestimamos lo que sabemos.
Desde hace años me toca dar el caso del Transatlántico Titanic. En su primer y único viaje fue dirigido por el Comodoro Smith. Era el hombre con más experiencia en la naviera y quien se había encargado de dirigir los primeros viajes de los últimos seis transatlánticos de dicha naviera.
El Capitán Smith sabía mucho de navegación. El problema fue que sobreestimó su conocimiento. Lo que le pasó nunca había pasado antes -por mil circunstancias que no detallaré aquí- y no pensó que pudiera suceder.
Estoy convencido que la experiencia que dan los años es muy peligrosa para la sobreestimación de nuestro conocimiento.
Sabemos mucho y bien de algunas cosas, pero siempre hay algo de lo que nunca habíamos vivido.
“Jamás me imaginé que podría pasar esto”, es una frase que a veces oímos o decimos.
Y esto pasa en muchos ámbitos:
- cuando opinamos con seguridad sobre temas que conocemos poco, como por ejemplo la política (tengo un post inédito desde hace 10 años, sobre el tema político, porque me sentía demasiado ignorante para suponer que eran buenas ideas las que escribía).
- cuando tomamos decisiones rápidas en entornos complejos. La experiencia ayuda a tomar decisiones que tienen muchas aristas, que quizá no llegamos a ver despacio.
- cuando creemos que “ya entendimos” algo con solo una explicación: ahora es más fácil enterarse de algo a través de la IA. Pero eso no quita nuestro criterio ni nuestra investigación más profunda.
En el mundo de la empresa esto es especialmente delicado.
Un directivo puede tomar decisiones con enorme convicción…
basado en información incompleta o errónea.
Y esa convicción —que debería ser una fortaleza— se convierte en un riesgo.
No sabemos poco… creemos que sabemos mucho.
Ilusión de control
El otro sesgo, que nos toca repasar ahora es la ilusión de control.
De hecho, también creemos que controlamos más de lo que realmente controlamos.
¿En qué consiste este sesgo? Que de alguna manera pensamos que nuestras acciones influyen en resultados cuando en realidad, dependen de factores externos o inciertos.
Hace pocos días me contaban una anécdota. Era de una persona -a quien conozco y admiro- que es experto en un sector de los negocios. Hace muchos años -quince, para ser exactos- decidieron hacer una inversión en ese sector. Además del conocimiento de mi amigo el experto, éste contrató a los expertos-expertísimos de ese sector.
Éstos hicieron el estudio correspondiente y le dieron el OK para hacer la inversión. Los primeros años han sido de fracaso; recientemente ha empezado a caminar como el experto y los expertos-expertísimos habían previsto desde el primer año.
Algunos otros ejemplos:
- creer que podemos “anticipar” el mercado y muchas veces hemos comprobado que no.
- pensar que una estrategia garantiza un resultado sin poner los medios adecuados, o siguiendo tal como estamos actualmente.
- suponer que una decisión elimina el riesgo. Ojalá así fuera…
En el fondo, confundimos dos cosas: influencia y control. Podemos influir… pero no controlamos.
Recuerdo haber leído que de las 100 empresas más grandes de USA en el año 1900, ninguna estaba entre las 100 más grandes en 2000.
Los ferrocarriles pensaban que estaban en el negocio de ferrocarriles, y no descubrieron que estaban en el negocio del transporte. Kodak tenía tomado el mercado de fotografía, y hoy medio sobrevive… y así hay muchos ejemplos de empresas que pensaban que controlaban todo y no controlaban nada.
Conectando ambos sesgos
Aquí se pone emocionante la cosa. Porque, por lo regular, estos dos sesgos no actúan por separado, sino que se refuerzan mutuamente.
Si nos autoengañamos de que sabemos todas las cosas, es más fácil autoengañarse de que lo controlamos todo…
“¿Quién que ‘sabe’ todo puede pensar que no ‘controla’ todo?”
Y cuando esto pasa, tomamos decisiones:
- Con exceso de seguridad. Aunque no hemos hablado de esto todavía, pero la certeza sobre algo es algo subjetivo. El hecho de que estemos ciertos de algo, no lo hace verdad.
- Con falsa sensación de control. Si hemos decidido con certeza, tendríamos también la certeza de controlarlo, porque lo sabemos todo.
- Con poca posibilidad de corregir. ¿Quién se atreverá a corregirnos, si nosotros sabemos todo?
Consecuencias
Esta conjunción de estos dos sesgos puede tener efectos importantes.
Por ejemplo, asumir riesgos innecesarios basados únicamente en nuestra sensación de certeza. Ese pensar que sabemos todo sobre algo nos llevaría a arriesgar mucho.
Por eso es interesante siempre tener la capacidad de escucha, saber oír y permitir que los subordinados o cualquier otra persona, nos pueda echar una mano en una decisión empresarial o personal.
Otra cosa que sucede es que estos sesgos dificultan el aprovechamiento de nuestros errores. Como ‘tenemos’ la razón, será difícil que reconozcamos que tenemos un exceso de confianza.
Y lo más delicado: nos volvemos menos conscientes de nuestros límites
¿Cómo defendernos ante estos sesgos?
No hay soluciones perfectas.
Pero sí algunas prácticas útiles:
- Dudar de nuestras certezas. No caer en la “duda metódica” de Descartes, pero sí tratar de asegurar que nuestro conocimiento de la realidad sea más objetivo.
- Buscar activamente opiniones distintas a la nuestra. O cotejar, rebotar las ideas con otros. Un buen coach nos puede ayudar. O, como me gusta decir a mí, “búscate un frontón” con quien rebotar las ideas.
- La última sería que tenemos que esforzarnos por distinguir entre lo que controlamos y lo que no controlamos.
A veces no se trata de saber más… sino de saber qué no sabemos. Solo sé que no sé nada.
Pensar bien no es solo razonar mejor. Es también reconocer nuestros límites.
Porque quizá la verdadera inteligencia no está en tener razón… sino en saber cuándo podemos estar equivocados.


