Cuando no entendemos bien ni lo que sabemos

Dejo aquí unos links de los post sobre sesgos

No vemos la realidad… vemos lo que nuestra mente “quiere” ver

No vemos la realidad… vemos lo que nuestra mente “quiere” ver – MULTISARTGUMENTIS

Solo vemos lo que queremos ver (y lo recordamos peor)

Solo vemos lo que queremos ver (y lo recordamos peor) – MULTISARTGUMENTIS

El primer número manda (aunque no lo creas)

El primer número manda (aunque no lo creas) – MULTISARTGUMENTIS

Sócrates tenía razón: no sabemos lo que creemos saber

Sócrates tenía razón: no sabemos lo que creemos saber – MULTISARTGUMENTIS

Preferimos no perder… aunque eso nos cueste no ganar

Preferimos no perder… aunque eso nos cueste no ganar – MULTISARTGUMENTIS

El efecto halo y el error de atribución: cuando juzgamos demasiado rápido

El efecto halo y el error de atribución: cuando juzgamos demasiado rápido – MULTISARTGUMENTIS

Cuando no entendemos bien ni lo que sabemos

Cuando no entendemos bien ni lo que sabemos – MULTISARTGUMENTIS

Comprensión retrospectiva, Dunning-Kruger y síndrome del impostor

Aunque no parezca, este es el séptimo post sobre sesgos. Y prometo que por de pronto, será el último.

Y en este último platicaremos de tres sesgos, no de dos como veníamos platicando en los anteriores.

Los sesgos nos afectan más o menos a cada uno. Lo que he descubierto, al preparar estos textos, es que muchas de nuestras malas decisiones vienen de no saber algo.

Pero además de no saber algo, las malas decisiones también se dan porque no entendemos cuánto sabemos realmente.

A veces creemos entender demasiado. Otras veces creemos entender demasiado poco.

Y, para complicarlo todavía más, solemos reinterpretar el pasado para convencernos de que “todo era obvio”.

Ahora te presento tres fenómenos que ayudan a explicar esto: la comprensión retrospectiva, el efecto Dunning-Kruger y el síndrome del impostor.

Aunque parecen temas distintos, en realidad tienen mucho en común:
todos deforman la manera en que nos percibimos a nosotros mismos.

Interesante que el anterior post se refería a cómo vemos a los demás. Ahora vamos a ver sesgos relativos a cómo nos vemos a nosotros mismos.

El “yo ya lo sabía”

A una de mis hermanas le hacemos la broma de que después de cada temblor siempre dice: “yo ya sabía que iba a temblar, porque me había temblado la pierna”. Siempre nos metemos con ella y nos reímos mucho todos por ese pronóstico del pasado.

Y quizá es algo que nos ha pasado a todos. Cuando ocurre algo importante como que cae la bolsa, gana un partido un equipo, triunfa en las elecciones tal candidato, fracasa un negocio, termina una relación, alguien renuncia o explota una crisis…

En todos esos casos, y en más, aparecen muchas personas diciendo: “eso se veía venir”, “era obvio”, “yo ya lo sabía, porque me había temblado la pierna…”

A ese sesgo se le llama comprensión retrospectiva.

En el aula me toca desarrollar un caso sobre la “audición fallida de los Beatles”, que ocurrió en 1962 en la discográfica Decca. No hay ocasión en la que alguien dice: “tendrían que haberse dado cuenta que iban a ser los que revolucionaran la música”.

Es muy fácil ex post, a posteriori, hacer este tipo de afirmaciones. Después de que ya conocemos el resultado, reconstruimos mentalmente el pasado para hacerlo parecer más predecible de lo que realmente era.

O peor aún, nos echamos la culpa de no haber visto “que ese nuevo empleado iba a ser ladrón, porque guiñaba el ojo durante la entrevista”.

Cuando uno ve las cosas del pasado, con la información que ya tenemos en el presente, se nos olvida algo importante: cuando decidimos, teníamos una gran incertidumbre de ese futuro.

Es el famoso ‘hubiera‘.

Si el futuro fuera tan evidente como nos parece cuando ese futuro ya es presente, entonces nadie cometería errores: ni los inversionistas, ni los gobiernos, ni los directores de empresas, ni nosotros mismos.

Bueno, la verdad es que sería una vida súper aburrida, sin emociones, sin contradicciones, etc.

Ahora bien, lo que estamos viviendo ahora, nos altera la memoria, y nos lleva a pensar que en ese momento pasado pensábamos como pensamos ahora.

El pasado empieza a parecernos más lógico, más claro y más inevitable de lo que en realidad fue.

Y eso puede volvernos injustos. Injustos con nosotros mismos, porque el juicio que hacemos de nuestras decisiones pasadas no es justo.

Juzgamos decisiones antiguas usando información que las personas no tenían disponible en aquel momento.

Es lo que decíamos, ex post es fácil. O como dice el dicho, ‘a toro pasado’.

Es fácil ser brillante cuando el partido ya terminó.

El problema de saber poco… y creer saber mucho

Aquí aparece otro fenómeno muy conocido: el efecto Dunning-Kruger.

Las personas que conocen poco de un tema suelen sobreestimar lo que saben. Como me dijo una persona: “según la fuente confiable de conocimiento científico que yo tengo, que es el tik tok…”.

Y esto tiene lógica: para reconocer la complejidad de algo, normalmente primero hay que conocerlo más a fondo.

Cuando uno “medio” conoce las cosas, tiende a extrapolar y sacar conclusiones fácilmente. Así, ve respuestas simples, cree que todo es evidente, habla con enorme seguridad y siente que ya entendió el problema.

Pero conforme uno aprende más, sucede algo que ya hemos comentado en anteriores posts.

Mientras más sé, descubro que no sé.

Y aquí nos aparece la duda. Esa es la otra cara del efecto Dunning-Kruger, en la que los expertos se expresan más cautamente que los ignorantes sobre el mismo tema.

No porque sepan menos, sino porque entienden mejor la complejidad y cuesta hacerlo o explicarlo fácilmente.

Las redes sociales han amplificado muchísimo este fenómeno.

Vivimos rodeados de opiniones contundentes sobre: economía, política, medicina, educación, religión, fútbol, liderazgo, geopolítica.

A veces basta una frase bien diseñada para ‘engañarnos’ sobre un tema y pensar que ya sabemos todo sobre el mismo. Muchas veces las opiniones más seguras no son las más profundas.

La seguridad impresiona; en cambio la complejidad rara vez se vuelve viral.

Es loable tratar de explicar las cosas complejas de manera simple. Pero para llegar a eso, hace falta mucho estudio y esfuerzo integrador.

El otro extremo: sentirse un impostor

Este efecto Dunning-Kruger, como vimos tiene dos caras: el ignorante se cree sabio y el sabio se siente ignorante.

En esta segunda parte de este efecto es casi exacto a un sesgo muy conocido desde hace años: el sentimiento del impostor. Pensar que no estoy a la altura.

Siempre que pienso esto me viene a la memoria el ‘Maestro Mangiacaprini’ un personaje de uno de los shows de los Les Luthiers. Hay un momento en el que este compositor les dice a los diputados que lo contratarán: ‘no sé si se será capaz de hacer lo que me piden… la verdad, soy verdaderamente incapaz’.

Estos ‘impostores’ piensan que no saben suficiente, engañaron a todos, tarde o temprano serán “descubiertas” o simplemente no merecen estar donde están.

A esto se le llama síndrome del impostor.

Y suele ocurrir especialmente en personas: exigentes, responsables, perfeccionistas o muy conscientes de sus propias limitaciones.

Paradójicamente, cuanto más entienden un tema, más claras ven todas las áreas que todavía desconocen.

Por eso, a veces: quien menos sabe habla con total seguridad… y quien más sabe vive lleno de dudas.

Una combinación muy humana

Lo interesante es que estos tres fenómenos pueden convivir dentro de nosotros mismos.

A veces simplificamos el pasado y creemos que todo era obvio.

A veces hablamos con demasiada seguridad sobre cosas que apenas entendemos.

Y otras veces dudamos excesivamente de capacidades que sí tenemos.

No somos seres perfectamente racionales.

Hombres y mujeres intentando entender una realidad muchísimo más compleja de lo que parece.

El fondo del problema

Quizá una parte importante de la madurez consiste en aprender dos cosas al mismo tiempo: tener humildad para reconocer lo que no sabemos… y serenidad para reconocer lo que sí sabemos.

Ya lo decía la gran Teresa de Ahumada: ‘la humildad es andar en verdad’. Ni darnos ni quitarnos los méritos que nos corresponden.

Ni arrogancia. Ni inseguridad paralizante.

Porque entender la realidad requiere algo difícil: convivir con la incertidumbre.

Ya lo decía el gran Amos Tversky: ‘el ser humano se comporta de manera determinística en un universo probabilístico’.

Y tal vez la verdadera sabiduría no consiste en sentirnos absolutamente seguros de todo.

La verdadera sabiduría será aprender a pensar con más profundidad, hablar con más prudencia y juzgarnos —y juzgar a los demás— con un poco más de humildad.