Hace algunos años me reencontré con un compañero de universidad; habíamos coincidido en algunos cursos -él estudiaba otra carrera-. El lugar de reencuentro fue en una empresa a la que él estaba aplicando para director general.
La verdad no me acordaba mucho de él -por no decir, que no me acordaba de él-. Pero al momento de la entrevista me dio una buena impresión: era amable, sonriente, educado. Una persona que cae bien instantáneamente.
Al poco tiempo, me sorprendí pensando en algo que no sabía de dónde venía: “seguro que este mi excompañero, debe ser muy competente”. Y le dimos el trabajo.
Y luego caí en la cuenta de que realmente no tenía evidencia de su competencia. Sí había visto su CV y, tanto en el papel como en persona, parecía competente.
¿Qué había pasado? Simplemente había tomado una característica positiva -su simpatía- y, sin darme yo cuenta, había extendido esa buena impresión hacia otras áreas.
A eso se le llama efecto halo.
El efecto halo
El efecto halo ocurre cuando una característica positiva (o negativa) contamina nuestra percepción total de una persona.
Si alguien habla bien, se viste elegantemente, es atractivo, tiene carisma, parece seguro, tendemos a asumir automáticamente que además es inteligente, honesto, capaz, profundo, confiable.
Aunque no tengamos pruebas.
El fenómeno también funciona al revés: una característica negativa puede hacer que juzguemos negativamente todo lo demás.
Vivimos rodeados de halos
Las redes sociales están llenas de esto.
Una persona puede parecer sabia simplemente porque habla con seguridad, usa frases contundentes, tiene buena producción audiovisual, o acumula millones de seguidores.
Y terminamos confundiendo popularidad con verdad.
También ocurre en muchos otros ámbitos: pienso por ejemplo en la política, donde este efecto es sumamente visible.
Hay líderes que generan una enorme atracción. No necesariamente por la profundidad de sus ideas, sino porque proyectan seguridad, sencillez, fuerza o autenticidad.
El halo termina envolviendo todo.
El problema no es admirar
Admirar no es malo.
Todos necesitamos referencias, modelos y personas que nos inspiren.
El problema aparece cuando dejamos de pensar críticamente.
Porque entonces ya no evaluamos ideas o acciones concretas. Evaluamos personas completas… basándonos en impresiones parciales.
Y los seres humanos somos mucho más complejos que eso.
El otro sesgo: el error fundamental de atribución
Aquí aparece otro sesgo muy relacionado con el efecto de halo.
Cuando alguien más comete un error, solemos atribuirlo a “cómo es esa persona”.
Si alguien llega tarde: “es irresponsable”.
Si alguien responde mal: “es arrogante”.
Si alguien falla: “es incompetente”.
Pero cuando el que falla soy yo, normalmente explico mi conducta por las circunstancias: tuve tráfico, estaba cansado, venía preocupado, fue una semana difícil.
El gen suizo
En mi familia hemos heredado un gen suizo del abuelo materno. Parte de ese gen incluye la puntualidad, ya que muchos de nosotros sufrimos cuando llegamos tarde a alguna cita.
A veces nos pasa que juzgamos mal a otras personas por llegar tarde y casi convertimos ese retraso en prueba de muchos defectos.
Hace poco me pasó. Quedé con un buen amigo a cenar. Una cena tempranera para no desvelarnos: a las 6 pm. Como el tráfico es un elemento a tener en cuenta, salí con bastante tiempo al lugar donde nos encontraríamos. Así que acabé llegando una media hora antes de la hora convenida. Me ubiqué en el restaurante y me puse a leer. Diez minutos después de la hora convenida, me llama mi amigo para decirme que hasta ese momento había salido de su oficina.
Total, que esperé todavía cuarenta minutos más. Gracias a Dios, la amistad que nos une, a lo largo de muchos años, me impidió atribuirle una característica negativa como consecuencia de su impuntualidad.
A veces nos ocurre que para juzgar a otros pensamos en defectos personales; para juzgarnos a nosotros mismos pensamos en contexto.
Por otro lado, cuando hay amistad, cariño, este sesgo tiende a ser menos intenso.
Somos más duros con los demás que con nosotros mismos
Eso explica muchos conflictos cotidianos.
Interpretamos nuestras acciones con compasión… y las de otros con dureza.
Nos damos a nosotros el beneficio de la duda. A los demás, muchas veces no.
Quizá por eso tantas relaciones se deterioran: no porque existan errores —todos los cometemos— sino porque dejamos de interpretar al otro con generosidad.
Una mezcla peligrosa
Lo curioso es que ambos sesgos pueden combinarse.
A algunas personas las idealizamos: todo lo que hacen nos parece brillante.
A otras las etiquetamos: y cualquier error confirma la mala imagen que ya teníamos.
Entonces dejamos de ver personas reales.
Vemos caricaturas construidas por nuestra mente.
Terminamos tomando una parte por el todo.
El problema de fondo
Después de escribir varios posts sobre sesgos, he ido reafirmando una idea: la realidad suele ser más compleja de lo que pensamos.
Y quizá una parte importante de la madurez humana consiste precisamente en eso:
aprender a juzgar más despacio.
Ni idealizar tan rápido.
Ni condenar tan rápido.
Porque las personas somos bastante más que nuestros aciertos…
y también bastante más que nuestros errores.

