El premio de la amistad

«El premio de la amistad es la amistad misma.»


Me dijo Toño, quien estaba sentado a mi lado, «ya me gustaría saber cómo vas a iniciar este post».

Toño ha sido uno de mis lectores consuetudinarios y siempre que me ve me dice algo así: «¿qué dice Multisargumentis?»

Ese mismo día me había vuelto a felicitar por la iniciativa de pasar a video mis posts —él ya había pasado por esa etapa hace años, cuando sus escritos taurinos también se transformaron en videos—.

Su mujer, Paloma, es una escritora con columna semanal en un periódico de alto tiraje en México; escribe muy buenos artículos.

La conversación sucedía en susurros porque ambos estábamos junto a otros 23 colegas en la ceremonia de graduación de una de las maestrías del IPADE: el viernes 10 de julio, la maestría de tiempo completo en dirección de empresas (Mede).

Unas semanas antes había tenido la fortuna de participar también en la graduación de dos grupos de Maestría en Dirección de Empresas para ejecutivos con experiencia (Medex).

Lamenté no haber podido estar en las graduaciones de los Medex en Monterrey y Guadalajara, pero no hubo forma de liberarme de unas clases que daba en otro lugar a la misma hora.

Ahí, junto a Toño, empezó esta historia. Y como se verá, la respuesta a su pregunta —cómo iba a empezar este post— termina siendo él mismo.

Con algunos colegas antes del inicio de la ceremonia de graduación

Detrás del protocolo

Estas ceremonias han venido adquiriendo más solemnidad con los años.

Cuando en 1999 tuve la suerte de recibir mi título de máster (Medex), solo nos pusieron una beca distintiva; casi casi nuestra graduación era parecida a la clausura de cualquier programa del IPADE.

Hoy la parafernalia es maravillosa: los profesores visten las togas de doctor de su universidad —las anglosajonas se distinguen claramente de las latinas o de las de Europa central— y los que no tenemos el grado doctoral usamos la que corresponde a nuestra maestría.

Pero toda esa pompa es solo el marco. Son actos académicos formales, sí, pero lo que de verdad prevalece —sobre todo en los participantes— son los sentimientos.

Se llora dos veces

Recientemente vi una película en la que se mencionaba una frase que podría aplicarse perfectamente a las maestrías del IPADE: «En las maestrías se llora dos veces: cuando la inicias y cuando la finalizas».

Al inicio, con el golpe de exigencia de arrancar un programa así, sobre todo en las de tiempo completo.

Al final, cuando se despide definitivamente una generación que ha convivido intensamente casi dos años.

La ceremonia empieza con el desfile de los graduandos bajo las notas del Gaudeamus Igitur, luego los profesores y por último la mesa que preside el acto. Eso es lo formal, lo regulado.

Pero por dentro se nota que están conmovidos. Todos lo estamos.

Hice una foto pirata de la mesa que preside la graduación

Amistades que quedan

Han sido dos años de estudio, de lecturas, de desvelo, de esforzarse, de dejar muchas cosas.

También dos años de solidificar amistades tan profundas que, con frecuencia, se forja fraternidad entre los participantes.

Como pasa con alguna frecuencia, de esos dos años de convivencia salen incluso matrimonios.

Este final de maestría marca el inicio de su vida profesional posterior, especialmente en los másteres de tiempo completo.

Y ese inicio no lo hacen solos: lo hacen con quienes se sentaron a su lado durante dos años.

Antes de la graduación siempre hay una Misa de acción de gracias.

Discursos que se escuchan doble

Los discursos académicos van por una línea intermedia: tocan la cabeza y también el corazón.

Hay tres.

El primero es el del presidente de la generación: un discurso muy personal, con «chistes locales» que solo ellos entienden y alguna reflexión.

Luego viene el director de la maestría —este año, Quico y José, para el Medex y el Mede respectivamente—.

Son discursos que buscan que caigan en la cuenta de cómo han cambiado en estos años, sobre todo en el ámbito de la prudencia directiva.

Es difícil descubrir por uno mismo ese cambio interior; pero quienes conviven contigo sí lo van viendo.

Y eso sucede, justamente, cuando el alumno se esfuerza por aplicar el método del caso junto a sus compañeros.

Por último, las autoridades académicas recuerdan que ahora empieza su verdadera misión como directores de empresas.

El último discurso es el del Director General del IPADE, Lorenzo.

Una foto con Mario, a quien menciono luego

También los profesores hacemos amigos

Para nosotros, los profesores, estas graduaciones tienen también un sabor agridulce.

Cuando das clases en estos programas, terminas conectando con los participantes —con unos más que con otros—, pero al final siempre termina habiendo una cierta amistad.

Así que cuando llega el cierre de la maestría, uno también se emociona al ver culminar un trabajo de dos años que ha sido muy exigente.

Al otro lado de Toño tenía sentado a Mario, un colega y gran amigo con quien nos conocemos desde hace casi 30 años.

Mario siempre ha sido un excelente profesor y, en especial, logra una conexión muy especial con los Mede.

Lo vi emocionarse con cada participante que iba pasando, hasta que empezó a decir en voz alta: «felicidades, Luis», «qué alegría, Pepe»…

Me encantó que ese ámbito tan formal permitiera esos comentarios de cariño —sin desentonar del protocolo, porque los aplausos los cubrían.

El premio de la amistad

No tengo muchas más anécdotas de estos dos actos a los que pude asistir.

Solo me queda cerrar con la frase que abrió estas líneas —una frase que adapté de su original, pero que aplica perfectamente—:

«El premio de la amistad es la amistad misma».

Tengo la dicha de trabajar en un lugar donde la amistad aparece en muchos lados: la de un lector como Toño, la que se forja entre generaciones enteras de participantes, la de un colega como Mario que no puede contener el cariño ni en la ceremonia más formal.

Esas amistades valen más que cualquier otra cosa.

Dos días antes de postear este texto, me topé con Edgar, egresado del Mede, con quien nos une más de 17 años de amistad