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Madrecita del alma querida: la Niña Margoth

De niño recuerdo con emoción como nos hacían aprender los buenos hermanos Maristas de la enseñanza un poema-canción cuya letra he reencontrado en donde se encuentra casi cualquier cosa:

Madrecita del alma querida,/ en mi pecho yo llevo una flor/ No te importe el color que ella tenga/ Porque al fin tú eres, madre, una flor

Tu cariño es mi bien, madrecita/ En mi vida tú has sido y serás/ El refugio de todas mis penas/ Y la cuna de amor y de verdad.

Aunque amores yo tenga en la vida/ Que me llena de felicidad/ Como el tuyo jamás, madre mía/ Como el tuyo no habré de encontrar.

 

Todavía recuerdo con alegría cómo la cantábamos en el coro de mi colegio en el día de la madre. Me ha contado en estos días mi hermano Rolando, que él sólo le cantaba a mi mamá la primera estrofa, porque ambos se emocionaban sobremanera….

Escribo este post con lágrimas en los ojos y dolor en mi corazón, pues aquella “flor” a quien le cantaba esas coplas nos ha dejado ya en esta tierra, yéndose al encuentro de su amado esposo -padre de mis 7 hermanos y mío-… y principalmente al encuentro de María Santísima y de nuestro Redentor Jesús.

A sus 88 años libró su última batalla durante más de tres semanas para tratar de vencer la enfermedad. Debido a la pandemia en la que estamos metidos, todos los médicos nos sugirieron no ingresarla en algún hospital. Y así fue; se logró armar en su habitación un sencillo lugar donde se le pudiera dar las atenciones médicas de la mejor forma. Y murió en el mismo cuarto en el que nuestro papá murió hace poco más de 11 años: en la casa que se construyeron para celebrar sus bodas de oro de matrimonio.

Siempre que alguien tan cercano se nos va, queda un dolor en el corazón, una ausencia que se nota. Y aquí entra en juego la maravilla de la esperanza, esa confianza que tenemos de que ella ya está -no en una mejor vida- sino en La Vida. La esperanza y la fe nos mueven a confiar y a creer que está viendo la Esencia de Dios, una situación “que ni ojo vio ni oído oyó, ni pasó por mente alguna lo que Dios ha preparado para los que lo aman”. Que paz da la esperanza en estos momentos de dolor y de separación.

Son momentos de dolor y de alegría. De dolor porque ¡vaya si uno quiere a su mamá! Y duele mucho esa separación. De alegría por esa esperanza del encuentro con Dios y con la esperanza de que también se encontrará con mi papá, con sus papás y suegros, con sus queridos cuñados Napoleón y Alejandro… y también con los que se le han adelantado en estos días, como con el “Gordo Carbonell”. Sobra decir que allí le esperan muchas de sus amigas. Mención especial a dos de sus amigas a las que yo les tenía especial cariño, Coralia y Any.

Estos días también han sido días de mucha oración. Hemos rezado frente a ella -remotamente- el Santo Rosario varias veces sus hijos, nietos, sobrinos, hermanos…. Y luego el cariño que ha manifestado tanta gente por la Niña Margoth rezando por ella.

No sé cómo “funcionan las cosas en el cielo”, pero me imagino que Nuestro Señor le hace conocer a uno todo lo que gente ha rezado por ella… y eso me imagino que le “regresará” en oraciones por todos aquellos que pidieron por ella.

Muy agradecido y que Dios se los pague con creces: las oraciones y los mensajes de condolencias.