Cuando uno no tiene mucha idea de algo, es frecuente suponer que las cosas son fáciles de hacer. A mí me ha pasado bastantes veces.
En los negocios también es fácil pensar que una empresa consiste en tres o cuatro cosas, cuando en realidad son muchísimas las variables que entran en juego.
Producir algo, por ejemplo, tiene sus propias dificultades. Hay que pensar en el o los proveedores; en la maquinaria necesaria; tener muy claro cuánto tarda el proceso de producción; decidir dónde se guarda el producto mientras se completa el proceso o espera su traslado al lugar de venta; planear la demanda —que quizá debería ir de primero—; organizar la logística de distribución; vender el producto; cobrar la venta, si se da crédito; y un sinfín de cosas más que tienen que estar funcionando razonablemente bien para mantener una empresa en movimiento.
Treinta y cinco años después
Hace poco tuve la suerte, gracias a Ramiro, alumno del MEDEX en el IPADE, de visitar la Fábrica de Billetes del Banco de México. Fue una visita guiada para unas diez personas, compañeros de Ramiro. Una hora antes había habido el recorrido para otro grupo.
Hace más de 35 años me hicieron una invitación para conocer la bóveda del Banco de Guatemala. Fue una experiencia tan agradable y excepcional que todavía conservo muchos recuerdos de aquella visita.
La visita a la Fábrica de Billetes fue el 17 de agosto de 2026, unos 35 años después de aquella primera experiencia. Digo «similar» porque en Guatemala visité una bóveda y en México una fábrica. En Guatemala no se fabrican billetes; en México se hacen desde 1969, cuando empezó a funcionar la planta de la calle Legaria, relativamente cerca del IPADE.

Una visita nada fácil de conseguir
Esta visita fue una experiencia especial. Según nos contó Ramiro, había solicitado las autorizaciones a inicios de año y se terminó concretando hasta agosto. Se ve que hay bastante lista de espera.
Llegamos puntuales con Alicia —mi asistente—, Regina y Shaqué, movidos por el siempre presente Cutberto, quien se encarga de mis traslados automovilísticos en CDMX.
Al llegar tuvimos que dejar los celulares, las billeteras y cualquier otra cosa que no fuera nuestra identificación.
Así que pido disculpas por la ausencia de fotos: no hubo.
Esperamos un rato y poco a poco fueron llegando algunos otros compañeros de maestría de Ramiro.
A las 11:30 nos dieron un gafete y un chaleco naranja a cada uno, de esos que se usan en los aeropuertos: color naranja «golpea ojos». Después de pasar los filtros de seguridad, nos llevaron a un aula donde nos atendió Beto, director de la Fábrica de Billetes. Esta Dirección forma parte de la Dirección General de Emisión.
Nos fue contando algunas anécdotas y datos que espero reproducir con fidelidad. La fidelidad que permite mi memoria porque, como ya comenté, no había nada donde apuntar ni con qué apuntar.

Doce meses de billetes
Nos contó que hasta hace pocos años se tenía como política mantener 18 meses de inventario de billetes, y todos se fabricaban en este lugar de la Ciudad de México.
Unos años antes de la COVID-19 decidieron que había que limitar los riesgos ante algún posible evento catastrófico, por lo que se tomó la decisión de instalar otra planta, sita en Guadalajara. Como sucede con estas cosas, fue un proceso largo.
Hago aquí una digresión. La página del Banco de México tiene muchísima información y la recomiendo vivamente. Allí hay una sección dedicada específicamente a la fabricación y circulación de billetes y monedas.
La capacidad de la fábrica de Ciudad de México estaba acercándose a su máximo, de manera que la planta de Guadalajara resolvió dos problemas: aumentó la capacidad de producción y redujo el riesgo de depender de una sola fábrica ante una eventual contingencia en la Ciudad de México.
Poco antes de la pandemia también se tomó la decisión de mantener «solo» 12 meses de inventario de billetes.
Y entonces llegó la COVID-19.
La pandemia me recordó una frase que alguna vez apunté y que me gusta mucho:
«No es nuestra culpa, pero sí es nuestro problema».
El Banco de México, evidentemente, no tenía ninguna responsabilidad por la llegada de una pandemia. Pero garantizar que hubiera suficientes billetes para que la economía siguiera funcionando sí era su problema.
La COVID-19 provocó una disminución notable del inventario de billetes. El Banco de México señala entre las principales explicaciones los motivos precautorios: las personas querían disponer de liquidez para afrontar gastos inesperados o pérdidas temporales de ingresos y, además, reducir las visitas a sucursales y cajeros por el riesgo de contagio.
En cuanto se pudo volver a trabajar, empezaron a producir prácticamente a toda capacidad. Según nos decía Beto, hasta estos días estaban volviendo a alcanzar aquellos 12 meses de inventario.
Como ves, fabricar billetes es un proceso lento, complicado y que exige muchísimo detalle, planeación y seguridad.
El billete comienza mucho antes de imprimirse
También nos habló de los proveedores del papel y del polímero utilizados para fabricar los billetes, así como de las tintas. Son grandes empresas que tienen plantas en México para poder atender adecuadamente las necesidades de producción.
No recuerdo haber conocido muchas empresas o instituciones que hagan programas específicos con tantos meses de anticipación. Es un trabajo extraordinariamente complejo.
Como dice aquel dicho: «No todo es soplar y hacer botellas».
Quinientos años haciendo monedas; cien haciendo billetes
Después de la recepción de Beto nos atendió Yuriko, especialista investigadora de la Gerencia de Programación y Estudios de Efectivo. Nos explicó todavía más detalles, aumentando nuestra sensación de asombro —y un poco de abrumo— ante todo lo que exige la fabricación y administración del efectivo de un país.
Por ejemplo, nos contó que las monedas las fabrica la Casa de Moneda de México, que depende de la Secretaría de Hacienda. En cambio, los billetes los fabrica el Banco de México, que es un organismo autónomo.
Y nos hizo notar una diferencia histórica fascinante.
En México se acuñan monedas desde hace casi 500 años. De hecho, la Casa de Moneda de México fue la primera de América, fundada por cédula real en 1535.
El Banco de México, en cambio, acaba de cumplir 100 años. Al principio los billetes mexicanos se fabricaban en el extranjero, hasta que en 1969 comenzó a funcionar esta fábrica.
Los billetes también envejecen
También nos contó que se puede calcular la vida media de los billetes.
Nos dio el ejemplo de los antiguos billetes de papel —en realidad, de algodón— de 20 pesos, que tenían una vida media de unos ocho meses. Con el cambio al polímero, esa vida media subió hasta unos 28 meses.
La decisión de cambiar de material, por supuesto, requirió estudios desde múltiples perspectivas.
¿Y qué sucede con las monedas?
Su vida media es muchísimo mayor. Podríamos decir, exagerando un poco, que las monedas casi no se arruinan.
Pero tienen otro problema: no regresan al Banco de México.
Se van quedando en gavetas, bolsos, frascos, alcancías; se pierden… De ahí que las denominaciones de menor valor vayan perdiendo sentido económico y productivo.

La mayoría de los billetes nuevos sustituyen a otros
Otro dato que me llamó mucho la atención fue el destino de los billetes nuevos.
Según nos explicó Yuriko, aproximadamente un 60 o 70% se utiliza para sustituir billetes deteriorados, aunque esta proporción puede variar según las distintas épocas. La otra parte responde al crecimiento de la demanda de efectivo.
Y existe además el caso extraordinario en que se sustituye toda una familia de billetes por una nueva emisión.
Otra vez: procesos largos que requieren estudio, previsión y mucha paciencia.
El efectivo se resiste a morir
Me pareció especialmente interesante saber que el valor de los billetes y monedas en poder del público sigue aumentando, a pesar de la aparición y el crecimiento de los nuevos medios de pago.
Al menos en México, el efectivo no ha desaparecido.
Busqué algunos datos posteriormente. Suecia es uno de los países donde el efectivo tiene una participación especialmente baja en los pagos. En Latinoamérica, Brasil ha avanzado enormemente en la utilización de medios electrónicos, mientras que México continúa siendo un país con un uso muy importante de billetes y monedas.
Las proporciones de estos datos cambian bastante según la fuente y, sobre todo, según qué se esté midiendo: número de transacciones, valor de las operaciones, pagos presenciales, preferencias declaradas, etc. Pero la conclusión general permanece: México sigue utilizando mucho efectivo.
¿Por qué tantos colores y tamaños?
Después vimos un video con más información y hubo espacio para algunas preguntas.
Yo pregunté por qué se hacen los billetes de distintos colores y tamaños.
Yuriko me explicó que una razón es distinguir mejor las denominaciones y otra, sencillamente, hacerlos bonitos y no tan aburridos como los dólares. Nos reímos.
Pero hay una razón bastante más importante: los colores, los diferentes tamaños y las marcas táctiles facilitan la identificación de los billetes a personas con baja visión o con discapacidad visual.
En algún momento había escuchado también que los distintos colores facilitaban el reconocimiento de las denominaciones a personas que no sabían leer.
La seguridad empieza antes de imprimir
Después de algunas preguntas más, nos llevaron unos folders con muestras del papel y del polímero utilizados como materia prima.
Eran los sustratos empleados para los billetes de 50 y 500 pesos.
Me llamó especialmente la atención descubrir que algunas medidas de seguridad ya están incorporadas en la propia materia prima, antes incluso de que comience la impresión. Por ejemplo, el billete de 50 pesos tiene una zona transparente que forma parte del propio sustrato de polímero. El de 500 incorpora elementos de seguridad desde el papel.
Pasamos un buen rato viendo aquellas muestras porque permitían observar cómo, impresión tras impresión, iba apareciendo poco a poco el billete definitivo.
También vimos algunas de las medidas de seguridad que aparecen cuando los billetes se exponen a luz ultravioleta.
Y finalmente, la fábrica
Después fuimos a la planta de producción.
Las máquinas que fabrican los billetes son enormes. La planta se puede observar desde el primer piso, detrás de grandes cristales, sobre los cuales hay explicaciones de lo que hace cada máquina.
Luego pasamos a la zona de corte, que se veía al mismo nivel y también estaba separada por cristales.
Me impresionó especialmente cómo manejaban los pliegos con los billetes —en ese momento estaban produciendo los de 500 pesos—. El proceso de corte es prácticamente automático, con unas guillotinas que me parecieron modernísimas. Aunque debo reconocer que no tengo absolutamente ningún punto de comparación en materia de guillotinas.
Terminamos la visita y salimos a recuperar nuestros celulares.
Habían sido casi dos horas de ayuno celularístico, que también se agradecen.
No todo es soplar y hacer botellas
Salí de la fábrica pensando precisamente en la idea con la que comencé este artículo.
Cuando uno ve un billete de 500 pesos, ve un pequeño rectángulo de papel impreso. Lo recibe, lo guarda, lo entrega y rara vez piensa mucho más en él.
Pero detrás de ese pequeño rectángulo hay años de investigación, pronósticos de demanda, inventarios para muchos meses, proveedores especializados, materias primas fabricadas expresamente, enormes máquinas, sistemas de seguridad, logística, reposición de billetes deteriorados, estudios sobre cuánto tiempo permanecerán en circulación y planes de contingencia por si algún día una fábrica deja de funcionar.
Y todo eso tiene que suceder antes de que ese billete llegue a nuestras manos.
Quizá ocurre lo mismo con muchas cosas en la vida y en las empresas.
Cuanto menos conocemos un proceso, más sencillo nos parece.
Hasta que tenemos la suerte de mirar detrás del vidrio.



