Ser como el bambú: raíces profundas, corazón firme

Una persona muy querida por mí está visitando un país de Asia y me mandó un vídeo de un «bosque» de bambú muy verde movido por el viento. Un vídeo muy bonito. De hecho, me recordó aquella película el Tigre y el Dragón, donde había unas persecuciones en bosques de bambúes.

Le pregunté si le había dado algo de susto ver los bambúes moverse y filtrar el viento. Y solo me contestó así: «me ha dado pazzzzz«, alargando la sensación de paz con esa repetición de «z».

Y me recomendó que leyera sobre el bambú. Le comenté que conocía algo del bambú, porque en mi tierra hay bambúes. Y que se usan, especialmente para detener deslaves en laderas (he visto principalmente ese uso).

También hace más de 40 años estuve en la presentación de una tesis de ingeniería civil que hablaba de las construcciones con esta planta-árbol que era muy resistente, liviana, fácil de cultivar, de rápido crecimiento (algunos dicen que se oye el crecimiento del bambú) …

Al final me comentó que alguna vez había meditado acerca del bambú y de la persona humana. Así que acudí al chatGPT y le pregunté precisamente eso. Y me dio unas ideas, que aquí gloso… no copio lo que me puso, sino que la pongo en mis palabras.

La grandeza de lo pequeño

Muchos imaginamos qué cosas espectaculares podríamos hacer para ser conocidos en todo el mundo y ser famosos y tener mucho dinero y ayudar a más gente o solo para gozarlo. (Tengo pendiente un post sobre el éxito, que tengo incoado desde hace algunos meses, pero no termina de salir avante el pobre).

Y la verdad es que no vale la pena tener esos “malos” sueños de grandeza. Digo malos, porque será difícil que pasemos a la posteridad y que todo mundo se acuerde de nosotros.

Además, de cara a Dios, esa grandeza no vale nada. A veces tiene mucho sentido aquella frase que dice “Toda la grandeza de nuestra vida está en saber hacernos pequeños.” (Camino, 591).

Podemos y debemos hacer el bien. Podemos y debemos hacer la mayor cantidad de bien (si es que puede cuantificarse lo cualitativo). Y pienso que eso lo haremos en nuestro entorno: la familia, el trabajo, en las relaciones sociales, en el tráfico, en la iglesia, etc.

Allí seremos grandes porque seremos pequeños. Está es una de las tantas paradojas del cristianismo. Lo importante es ser grande a los ojos de Dios, siendo pequeños en el aparecer y grandes en el amor.

Y aquí hay algunas comparaciones con el bambú.

El bambú puede pasar hasta cinco años sin crecer ni un centímetro sobre la tierra. ¿Qué hace para mientras? Crece hacia abajo, hacia las raíces, que llegan a ser firmes, profundas y ocultas.

Como pasa con nosotros con la educación, la formación, el aprendizaje. Nos pasamos mucho tiempo sin «dar algún fruto», hasta que «explotamos» como buenos profesionales o personas.

Dicen que el bambú, una vez afianzada en las raíces puede llegar a crecer hasta un metro por día.

Que paciencia para esperar. Así nosotros. Paciencia.

Como decía la gran Teresa de Ahumada, «la paciencia todo lo alcanza». 

Y aquí es bueno recordar que Dios trabaja en silencio, en lo escondido. Nos lleva por un plano inclinado.

Así lo dijo Jesus: “El Reino de Dios es como una semilla que el hombre siembra en la tierra… y sin que él sepa cómo, la tierra produce fruto.” (Mc 4, 26-28)

Flexibilidad y Fortaleza

Oír el viento pasar por el bambú da pazzzz… se mueve, se menea, se dobla… pero no se quiebra. Es flexible. Dicen que hasta soporta vientos huracanados. Y sigue en pie. Es flexible y fuerte.

Y en las personas estas dos cualidades o virtudes, tienen que ir de la mano. Firmes, fuertes, para soportar los vientos de las adversidades. Y flexibles, porque es más fácil aguantar una dificultad moviéndonos un poco, para no caernos.

Y de manera especial ser muy firmes en la fe. San Pablo lo expresa muy bien “Estamos atribulados por todas partes, pero no abatidos; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados…” (2 Cor 4, 8-9)

Ligereza útil

El bambú es liviano. Al mismo tiempo es un buen material de construcción, como había comentado arriba. Se usa para diversas construcciones.

Hace algún tiempo me topé con un vídeo de una mamá que llevaba a la escuela a su hija. Tenían que atravesar un río de unos 15 metros de ancho. No era muy profundo, pero sí tenía corriente como para que la niña no pudiera atravesarlo sola. Al final, la mamá hace un puente principalmente de bambú. Solucionaba sus problemas. Pienso yo, por lo menos hasta la próxima lluvia porque un buen aguacero se llevaría ese pequeño puente.

Hace unos años descubrí un parqué de bambú que se puso en una sala y en una habitación. No sé cómo lo hacen (quizá me ponga a ver algo en el youtube), pero a mí se me ha ocurrido que tal vez hacen una masa con el bambú y luego la secan, porque quedan unas piezas de parqué increíbles, duraderas y relativamente baratas.

Nosotros hemos de ser ligeros también. No pesados. Ligeros de ego, de quejas, de rencores. Y especialmente, con un corazón dispuesto a servir.

Dios también nos quiere útiles, no pesados. Ligeros de ego, de quejas, de rencores. Y con un corazón dispuesto a servir.  Ya lo decía el Maestro de maestros: “El que quiera ser el primero, que sea el último y el servidor de todos.” (Mc 9, 35)

(El servicio es algo que me sale con frecuencia en mis posts. Ahora en el Google me salió este, que tiene un título divertido)

Crecimiento en comunidad

Otra cosa que nos junta el bambú con las personas es que ninguno crece solo. Tanto los bambúes como las personas necesitamos a los demás. Formando bosques enteros, unidos por raíces comunes, los bosques de bambú; formando comunidades enteras con una cultura común, las personas.

No estamos diseñados o creados para el aislamiento, sino para la comunión, la comunidad. Es imposible hacer el bien si no es comunidad. Los demás nos ayudan a crecer y a dar furto.

Resiliencia

Una de las tantas palabritas de moda: resiliencia.

Parece que los bambúes se recuperan después de incendios, tormentas fuertes, destrucción. Debido a su raíz profunda, les permite renacer.

Nosotros también podemos y debemos renacer siempre, levantarnos ante las dificultades, las caídas. Hay tantos ejemplos de personas que han caído y levantado en su vida.

Especialmente en el perdón. Pedir perdón y perdonar.

Dar fruto y ser útil a los demás

El bambú también sirve de alimento para algunos animales, de refugio, de medicina, de instrumento. Sirve para muchas cosas.

La vida es una vida para los demás, con generosidad, alegría y entrega.

Como dice el Evangelio: “En esto conocerán todos que son mis discípulos: en que se aman unos a otros.” (Jn 13, 35)

Para terminar, quizá podría reforzar que tenemos que ser como el bambú, con raíces bien arraigadas en nuestros valores y principios, confiando en Dios, con flexibilidad ante las pruebas y con recomenzar cada vez para dar más fruto a nuestro alrededor.