Dejando Huella: La Excelencia

A partir de este post espero reflexionar acerca de algunas características de la admiración. Empezaré comentando aquella cualidad de las personas admiradas que las lleva a hacer especialmente bien aquello a lo que se dedican.

La primera característica que marca la admiración es la excelencia.

Más allá de los títulos

Cuando se lee la palabra “excelencia”, uno puede pensar en personas famosas, muy admiradas. De hecho, “Su Excelencia” se utiliza para referirse a un presidente de un país, a los diplomáticos, a los obispos…

Pero no me refiero a la excelencia como título, sino a la excelencia como forma de vida.

Admiramos a alguien que hace las cosas con excelencia, manteniéndola en el tiempo. No hace falta salir en el Libro de Récords Guinness. Pienso en aquel amigo que sabe todo de fútbol, o de aquel otro que conoce las ocho formas de completar el Camino de Santiago, o de la asistente a quien llamas “excelentísima”.

Son excelentes en esos conocimientos, habilidades o trabajo. Y, curiosamente, quizá sea más fácil admirar la excelencia en una persona cercana que en una lejana.

Todos estamos llamados, de una u otra forma, a buscar la excelencia, sosteniéndola en el tiempo. Y, también llamados a descubrir la excelencia en otros.

La excelencia es sobresalir, alcanzar lo mejor, dar más de lo que se pide: la famosa iniciativa en el trabajo. Proviene de excelsus, elevado, alto.

La excelencia es una actitud permanente de ir a más.

Ya lo decía el gran Agustín de Hipona: “Si dijeses basta, estás perdido. Ve siempre a más, camina siempre, progresa siempre”. Es una frase que deberíamos retener en la cabeza siempre.

La excelencia es hacer las cosas lo mejor posible aunque nadie nos vea. Es fácil actuar bien cuando hay quien nos observa; lo difícil — y lo que de verdad revela el fondo de una persona — es sostenerlo cuando nadie se entera.

Es fácil la tentación de acomodarse en lo que ya tenemos, lo que hacemos. Hace poco hablaba de esto en otro post sobre lo atractivo que es el status quo .

Siempre es bueno tener algunos «sacudidores» que nos den unos cuantos golpecitos (zapes, dirían en México) para animarnos a no quedarnos donde estamos.

Todos necesitamos personas que nos incomoden un poco, que nos hagan ver que podemos dar más de nosotros mismos.

A veces esas personas son un maestro exigente, un buen jefe, un amigo sincero o incluso un alumno que, sin proponérselo, nos obliga a prepararnos mejor. En ocasiones nos molestan porque nos sacan de la comodidad. Pero, visto con perspectiva, terminamos agradeciéndoles esos «empujones». Si no fuera por ellos, probablemente seguiríamos haciendo las cosas exactamente igual.

La excelencia rara vez nace de la comodidad; la excelencia rompe la comodidad.

Nadie crece solo.

A veces podríamos quedarnos admirando sólo el resultado del esfuerzo de una persona. Y no podemos olvidar lo que está detrás de una persona que es excelente.

Mientras escribía esto recordé una película que ejemplifica bien la idea; me refiero a Whiplash , un baterista que dedica mucho tiempo para ser ese experto.

Siguiendo con la música, cuando vemos a un gran violinista interpretar un concierto, admiramos su ejecución. Cierro los ojos y oigo el segundo movimiento del invierno en las cuatro estaciones de Vivaldi, interpretada por Itzhak Perlman. Me inspira sobremanera esta melodía.

Debemos admirar todo aquello que intuimos que hay detrás de ese resultado. Nunca lo sabremos totalmente, pero son horas de trabajo, estudio, desarrollo de habilidades, continuidad, paciencia.

Al admirar la ejecución de una persona, no solo debemos admirar el resultado -como decía antes – sino también los cientos o miles de horas de ensayo, de disciplina, constancia, frustraciones superadas y la humildad de seguir aprendiendo y mejorando durante años.

Lo mismo sucede con un gran profesor, un médico extraordinario, un arquitecto, un artesano o una madre de familia. Siempre he admirado, en Guatemala, como hacen los trajes típicos, todos a mano, con una paciencia infinita, una dedicación admirable.

Lo que vemos es solamente la parte visible de la excelencia alcanzada. Lo verdaderamente admirable suele ser todo aquello que no vemos.

La excelencia es la parte visible de muchas virtudes invisibles.

Quizá por eso es la primera característica de la admiración.

Lo que admiramos es la coherencia, el carácter, el sacrificio y la excelencia sostenida en el tiempo.

Vamos conectando así la admiración, el dejar huella y una de sus manifestaciones que es la excelencia.

Admiramos al deportista cuando levanta el trofeo o la medalla de oro, pero no vemos las madrugadas de entrenamiento, las lesiones, las derrotas ni los días en que tuvo ganas de abandonar.

Admiramos al conferencista cuando habla con naturalidad delante de cientos de personas, pero no recordamos las primeras conferencias que seguramente salieron mal.

Admiramos al escritor cuando publica un libro, pero no los borradores, las páginas que rompió o las horas de soledad delante de una pantalla en blanco.

El proceso casi nunca se exhibe; solo se ve el resultado.

Quizá por eso vivimos también una pequeña ilusión.

Queremos resultados extraordinarios…

…sin procesos extraordinarios.

Queremos dominar un idioma sin estudiarlo durante años. Queremos estar en forma sin entrenar. Queremos dirigir empresas sin prepararnos. Queremos escribir bien sin reescribir. La excelencia siempre ha tenido un precio. No necesariamente un precio económico. Un precio de esfuerzo. De constancia. De repetir una y otra vez lo mismo hasta hacerlo cada vez mejor.

Solemos asociar la excelencia con personas extraordinarias. Pero la mayor parte de la excelencia que encontramos en la vida es silenciosa. Está en el conserje que lleva veinte años haciendo impecablemente su trabajo. En la secretaria que cuida cada detalle. En el profesor que prepara cada clase como si fuera la primera. En el médico que antes de hablar escucha. En la madre o el padre que llevan toda una vida educando con paciencia.

Estos ejemplos de excelencia quizá nunca aparecerán en un Libro Guinness de los Récords.

Pero deja una huella mucho más profunda en quienes tienen la suerte de convivir con esas personas.

Quizá una de las características más bonitas de la excelencia es que nunca se alcanza del todo. Siempre queda un paso más. Siempre hay algo que aprender. Algo que mejorar. Algo que corregir.

La excelencia nos lleva a intentar ser hoy un poco mejor que ayer.

Porque las personas que dejan huella no siempre hacen cosas extraordinarias.

Muchas veces hacen extraordinariamente bien las cosas ordinarias.

Quizá por eso admiramos tanto a las personas excelentes.

Porque nos recuerdan que nosotros también podemos crecer.

La excelencia nunca se improvisa. Se sostiene, día tras día, mucho antes de que alguien la note. Y si quiero dejar huella con ella, no me basta un destello: ¿qué exige esta cualidad si quiero dejar huella, no solo impresionar?